El miedo quedo en el pasado. Lo que siento es pavor. Lo que antes era temor a lo que escuchaba de lejos ahora es tensión latente del peligro que atestiguo. Poco a poco los malos se acercan a los buenos. Ya no es una guerra entre narcos. Es una guerra contra la vida, contra la tranquilidad. Las victimas somos todos. Nos hemos convertido en prisioneros por un pecado que no hemos cometido. Vivimos encadenados a la preocupación constante. Yo se que en un futuro pasaremos a la historia como una sociedad digna de ser estudiada por la sociología y la psicología mundial porque a raíz de esto somos diferentes. Todos tenemos miedo. Despertamos y dormimos intranquilos. Manejamos y venimos pensando en tácticas de supervivencia en caso de un ataque, viendo el retrovisor con nervios si otro carro se acerca demasiado. Lo que antes era un limosnero para nosotros se ha convertido en un posible asaltante. Madres y Padres se han convertido en negociadores de secuestros. Los lugares honestos que frecuentábamos para un café con los amigos están cerrados, sin letreros, por no pagar cuotas. Cada calle de nuestra ciudad esta manchada de sangre y de abandono. Vivimos en una ciudad donde matar es más fácil que conseguir trabajo, donde la droga reina sobre la justicia, donde la vida no vale nada. Ya es rutina ver las cabezas de los diarios con imágenes cada día más terribles, con cifras de asesinatos cada vez más sorprendentes y con detalles cada vez más brutales. Estamos en la mira del mundo, pero solo como un mórbido espectáculo, muchos hablan y critican, pero pocos hacen. Me encantaría saber que podemos hacer los atrapados, y si ya sabemos, ¿que estamos esperando? Si el miedo ya lo tenemos, el peligro esta afuera de la puerta de nuestra casa. ¿Que excusa tenemos para seguir cruzados de brazos?
**Foto: Juarez without the myth exhibit 2006.